Capítulo 1: Los años de silencio

Estaba a unos meses de cumplir treinta y tres años, y los comentarios que recibía constantemente giraban en torno a que estaba por entrar a la edad de Cristo, una edad “maestra”. Un punto de inflexión en la vida de un adulto.

 

Me parecía sorprendente la cantidad de comentarios que recibí al respecto y, de vez en cuando, me detenía a reflexionar sobre la posibilidad de que verdaderamente sucediera todo aquello que anhelaba.

 

Llevaba inquieto varios meses, o tal vez años. Buscaba crecer profesionalmente, tener mayor libertad financiera y encontrar una pareja estable, entre muchos otros proyectos que habitaban mi mente pero que no fluían.

 

Si bien mi trabajo parecía envidiable —me iba bastante bien, era reconocido y llevaba una trayectoria exitosa—, en el fondo siempre sentía un vacío, una sensación de necesidad y carencia que se profundizaba con el tiempo. Pensaba que cada día aportaba menos; las jornadas se alargaban entre análisis económicos rutinarios y contribuciones que me parecían sin sentido. Asimismo, en los últimos años había comenzado a tener roces con mis superiores, quienes opinaban que aún debía demostrar más para poder aspirar a otros niveles jerárquicos, así como cambiar ciertos rasgos de mi personalidad hacia lo que ellos denominaban “comportamientos directivos”.

 

Por dentro, estaba desmotivado. Mi vida laboral se había convertido en un ciclo carente de gozo, donde lo único que me mantenía a flote era contar los días para recibir mi sueldo.

 

En mi vida personal, también necesitaba un cambio; me sentía vacío. Desde mi última relación, unos años atrás, no había encontrado a alguien con quien tuviera una conexión fuerte. Si bien intenté salir con varios hombres, lo común era que encontrara un pretexto para evitar comprometerme.

 

En ese tiempo, pasaron por mi vida hombres excepcionales, varios de ellos muy entusiasmados con la idea de formalizar algo, pero siempre encontré la manera de zafarme y reiniciar ese proceso interminable de buscar para no encontrar.

 

Mi familia era, tal vez, lo más estable y armonioso que tenía, aunque en los últimos años nuestras interacciones y comunicación se habían vuelto más lejanas y complejas. Mi relación con mi madre era un tesoro en todos los sentidos. Siempre me he sentido cercano a ella, compartimos muchas cosas, y ser el hijo menor me ponía en una mejor posición, sobre todo en comparación con mi hermana mayor, Yuli, con la cual mi madre mostraba importantes diferencias.

 

Por otro lado, el trato con mi padre podría describirlo como volátil. Si bien habíamos avanzado muchísimo en la comunicación, algo que estuvo roto durante toda mi adolescencia y varios años después, tampoco podría decirse que éramos cercanos. Más bien, siempre tuvimos muy claro el amor que nos unía, pero expresarlo no era fácil. También, he de admitir que sentirme forzado a continuar en el clóset a esas alturas de mi vida, por un aparente respeto a sus creencias ultraconservadoras, mermó significativamente mi confianza y cercanía con él. Deseaba poder cambiar ese aspecto, pero la realidad es que no era lo suficientemente valiente para hacer frente a esa realidad.

 

Y con mi hermana, sentía que la vida nos había llevado por caminos distintos. Funcionábamos muy bien a la distancia, es decir, cuando de vez en cuando hacíamos videollamadas o coincidíamos en casa de mis padres; sin embargo, estar cerca nos llevaba a conflictos rutinarios en los que las cosas dejaban de ser amistosas.

 

Más tarde, en mi primera toma de ayahuasca, descubrí que esa distancia que puse entre mi padre y mi hermana era miedo: miedo a lastimarlos, a ser juzgado, y un profundo dolor por no poder ser lo que ellos esperaban de mí. Era una carga pesada que arrastré durante varios años.

 

Así que, claro, entrar a la “edad maestra” provocaba en mí cierta emoción y, más que nada, la esperanza de que realmente ese momento fuera un parteaguas. Y es que, antes de continuar, es importante que sepas más de mí. De cómo fue mi proceso al decidir fundirme con las nieblas, construir la armadura más resistente posible para ocultarme y, peor aún, cómo poco a poco dejé de sentir pasión por esta vida.

 

En aquellos años, fácilmente me describiría como un hombre con mil máscaras. Una más pesada que la otra. Y no voy a mentir: mi homosexualidad era la más asfixiante. Tardé mucho tiempo en aceptarme e, incluso hoy, a veces mostrarme al mundo sin esta máscara aún me atemoriza, pero sé que el camino que he recorrido ha sido el necesario y lo he hecho lo mejor que he podido.

 

¿En qué momento descubrí que era gay? Tengo ciertos recuerdos sobre la atracción que sentía hacia algunos compañeros durante la secundaria; también hay memorias que me hablan de la curiosidad que sentía al ver el cuerpo masculino, pero ese momento de consciencia que muchos miembros de la comunidad describen, no lo tengo claro. Lo que sí tengo muy presente es que, a los diecisiete años, en la soledad de mi habitación, me hice la promesa más dolorosa que cualquier persona pueda hacerse a sí misma:

«Puedo ocultar esto, puedo vivir en la oscuridad, no necesito contárselo a nadie. No seré yo la vergüenza de la familia».

 

Tardé muchos años en diferenciar entre el grito del miedo y el susurro con el que Dios nos habla. Así que, por mucho tiempo, seguí fiel a esa promesa. Peor aún, la ratifiqué unos años después con mi primer novio, un hombre diez años mayor que yo. Contagiado por el ejemplo que veía en él —un hombre estable, de clóset, con una vida que yo catalogaba como ideal—, decidí ocultarme aún más, poner mi relación en tinieblas y vivir escondido, aparentando algo que no era y que me alejó de una parte de mi esencia. Decidí perderme en un secreto que me apagaba y vulneraba mi verdadera identidad.

 

Con el tiempo, al analizar mi proceso, estoy convencido de que era el camino que Dios diseñó para que nos reencontráramos más tarde. Porque en ese momento de mi vida, si algo había ido perdiendo poco a poco, era su compañía y su presencia.

 

Vengo de una familia que se autodenominaría católica y que, sin necesidad de ir a la iglesia todos los domingos, profesa una fe muy férrea en sus tradiciones y enseñanzas. Una gran parte de ello me fue transmitida.

 

Sin embargo, salir de mi ciudad natal, Cuernavaca, y empezar a vivir por mi cuenta a temprana edad, me fue alejando de las creencias de mis padres. Es más, en algún momento olvidé lo que era practicar cualquier cosa relacionada con el mundo espiritual, excepto dos cosas: mis acostumbradas lecturas de tarot y una que otra visita a la Basílica de Guadalupe.

 

Sí, porque podía no estar en contacto con Dios, ni con la Iglesia, ni con nada que me acercara a Él, pero vaya que desde hace mucho he sido guadalupano. Y es que, tal vez, el primer milagro que presencié en mi vida fue gracias a ella. Digamos que fue la primera evidencia de que siempre hay una energía superior acompañándome.

 

Por otro lado, desde que era niño, recuerdo que cuando mi mamá y sus hermanas se juntaban, solían hablar sobre brujas, predicciones, tarot, lectura de la mano, y esas conversaciones, si bien no las entendía, me provocaron mucha curiosidad. Ya de adulto, una de las cosas que compartía con mi hermana era la búsqueda de respuestas en pitonisas, el tarot y la magia. Aunque no era un ferviente creyente, algo en ello le daba paz a mi experiencia.

 

Mi vida no era plena, pero no estaba mal. Digo, ¿quién no se ha sentido a veces vacío, a veces aprisionado? Mis problemas no eran muy distintos a los del resto de la gente en el entorno en el que me desarrollaba, pero sí había una particularidad que no sabía cómo atender: hacía mucho tiempo que me había privado de sentir. A veces me preguntaba: ¿por qué no lloro?, ¿por qué no sonrío?, ¿cuándo fue la última vez que algo me alegró o me hizo sentir feliz y pleno?

 

A veces, al cuestionarme si era normal no sentir felicidad ni gozo, una parte de mí se justificaba, asumiendo que no había nada de malo, que debía ser un experto en fluir y que poseía una gran inteligencia emocional. Pero otra parte, más profunda, más despierta, intuía que algo andaba mal, que existían muchos bloqueos porque se sentía pesado y asfixiante. Sin embargo, de una u otra manera, evadía esa realidad.

 

Me decía a mí mismo: “Llevo tantos años viviendo con máscaras que ocultan mi verdadero ser y han funcionado, ¿por qué quitarlas?”. Así que no lo hacía, y tal vez, el único reproche que me hacía era sobre mi soledad. Usar esas máscaras no sólo tenía un precio y una carga muy evidente en mi carácter y en mi salud, sino que también me alejó de muchas personas.

 

Era una persona solitaria e independiente. El vacío se acentuaba porque, lejos de asumir esa realidad que me hería, más buscaba justificarla. Tenía que cuidar las apariencias, debía silenciar a toda costa los rumores; no me permitía verme vulnerable y sólo me autorizaba a mostrarme en mi totalidad con un par de amigos con los cuales me sentía relativamente cómodo.

 

Eran años de silencio. Mi voz, mi ser, mi esencia… todo estaba silenciado por mí. Me acostumbré a las máscaras, al peso de vivir a medias, pero en el fondo sabía que no podía seguir así. Y cuando llegaban los comentarios sobre los treinta y tres años, en mi cabeza resonaba la esperanza.

 

Yo quería creerlo, añoraba ser más libre y auténtico, aunque no sabía cómo… hasta que un día de mayo, las piezas empezaron a acomodarse. La primera gran revelación cobró sentido: “Dios solamente manda ángeles”. Ese mayo, Rubén llegó a mi vida, y con él, el silencio empezó a quebrarse.