—Dios, no sé cómo seguir escribiendo esto. Ni siquiera sé qué mensajes debe contener este libro. Vaya, no sé cuál es el hilo conductor sobre el que debería hablar. ¿Mi vida amorosa? ¡Patética! ¿Mi círculo social? ¡Casi inexistente! ¿Mi soledad y mi adicción a la autocompasión? No creo que ese sea el mensaje que quieras dar. Lo único que hago es llorar al tratar de entender: ¿cómo llegué hasta aquí?
(Dios)
—Déjame recordarte algo. Existió un ser que, desde niño, todas las noches moría de miedo antes de dormir y necesitaba abrazar un crucifijo para poder conciliar el sueño. Ese crucifijo terminó hecho pedazos de tantas veces que, en sus sueños, lo aplastaba o se caía al suelo. ¿Recuerdas a ese ser? Aquel cuyos miedos se repartían entre lo paranormal y la angustia de tener pensamientos “anormales”. ¿Por qué no le escribes a él?
»O tal vez recuerdes a un niño que, desde muy pequeño y durante muchos años, sin saber lo que pasaba, fue abusado bajo la promesa de “normalidad”. Tal vez él necesite leer tus líneas.
»Y si no funciona, me parece que recuerdas a un adolescente que, en sus noches de fiesta entre amigos, al son de la mejor música en aquel bar, bailaba solo, no se hallaba y, más bien, se preguntaba qué había de malo en su esencia. ¿Recuerdas cómo indagaba sobre su lugar en el mundo y, mirando al piso, rogaba sentirse parte de algo? Estoy seguro de que a él tus palabras hoy le resonarían.
»Más recientemente, ¿recuerdas a ese adulto que dice haberlo perdido todo: su trabajo “exitoso”, a la persona que llamó el amor de su vida, a su perro que consideraba su mejor amigo, a sus viejas amistades y las oportunidades que, según él, eran todo lo que siempre había querido? Te aseguro que él necesita leerte. Necesita volver a recordar que no perdió nada, que no hay más voluntad que la mía. Yo soy la fortaleza, yo soy la luz que no juzga, sólo ama y guía hacia un propósito más bello y grande.
»Esta es la historia de tu vida, de mi vida, del mundo. Llevas tiempo repitiéndote a ti mismo que todo es perfecto, tratando de creer que siempre hay un motivo más grande, un camino más compasivo. Y mira, sí lo hay, y este es tu camino. Escríbelo, díselo, háblales a ellos de cómo fue encontrar la belleza en la oscuridad, cómo lograste iluminar el vacío y cómo la vida es tan perfecta que, sin todo eso, hoy no estarías pensando en mis ojos, que son los ojos de todos.
»Sé que, cuando lloras, aún no has logrado entender por completo a qué emoción haces referencia. Entiendo que hay dolor, hay tristeza y sí, también hay un agradecimiento profundo, porque has comprobado que nunca te dejé solo, que siempre fui el cobijo y la fuerza. Y sólo por eso, valdrá la pena leerte.
Confía, así como lo hizo ese ser llamado Jorge, que, durante la oscuridad, lejos de rendirse, miró al cielo y me llamó.